miércoles, 1 de diciembre de 2010

Sexo (gay) en el fútbol: de eso no se habla

Sexo (gay) en el fútbol: de eso no se habla
Publicado el Martes 30 de Noviembre de 2010 en las secciones .resaltado, Deportes.
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Por Facundo R. Soto – (SentidoG.com)
Sexo gay en el futbol
Nunca pensé que se me iba a complicar tanto hacer esta nota. Quizás, porque me muevo en lugares freaks, o porque antepongo mi deseo al de la realidad, y todavía estamos lejos de ser un mundo desprejuiciado, en serio. Lo cierto es que, ninguna de las personas con las que me reuní para hacer esta investigación me autorizaron a dar su nombre, si bien aceptaron que tenían sexo con personas de su mismo género y hasta me contaron sabrosos detalles.
Un jugador de fútbol profesional, que jugó muchos años en Italia, me contó que fue amenazado por la mafia para hacer goles. “Si te llevas bien con ellos, no hay problemas, te dan todo, sino… agarrate”. Pero ¿Qué pasa con la homosexualidad en el fútbol? Hay muchas versiones, sin embargo todas tienen algo en común: sigue siendo tabú, en el fútbol profesional, hablar sobre homosexualidad.
Estuve reunido con muchos jugadores gays que conozco, pero si llego a dar sus nombres no sé qué me pasaría… De todas formas, ese no es el problema. Lo central de esto es que, dos de ellos están casados (con mujeres), tienen hijos, y llevan una vida paralela. Los dos tienen un departamento para sus encuentros sexuales con otros hombres, como me confesó uno.
En otros casos, del tema no se habla ni siquiera para pensarlo. La postura es: “Y sí, es cierto, los putos te tiran la goma mejor que las minitas, pero si se enteran tus compañeros te matan”. Me contaron que están los buenos compañeros, es decir, los que saben que “5”, “9”, y “11” se cogen pendejos, pero no dicen nada, los tapan y cuidan de que los homofóbicos religiosos no se enteren, porque sino no los dejan en paz. Los cargan en los vestuarios, hacen chistes con doble intención en reportajes para los medios, no se sientan al lado en el micro, ni en los almuerzos, y lo peor de todo es que esto es “en serio”.
El prejuicio, la falta de información, ronda en la persona del profesional, quizás el miedo a saber que hay alguien que puede realizar sus fantasías contenidas: “Este se voltea a pendejos, hay que tener cuidado con él”, me contó un jugador que escuchó hablar de él, sin que se dieran cuenta que los estaba oyendo. Admitió que se sintió mal, apartado. Juntó sus cosas en el vestuario y se fue a su casa. Esa noche no participó del lunch.
Habría que pensar en las consecuencias profesionales y psicológicas que la discriminación instala en la persona del jugador que queda marginado. Tiene que pilotear la situación, negarla, o rematarla con chistes. “Si se asume como gay, instantáneamente queda afuera del equipo. Se de un caso que después no te quieren los otros clubes, y terminas perdiendo la carrera”, me contó un jugador de la B, un arquero. En ciertos casos, en clubes de primera división, el repudio de los compañeros homofóbicos es tan grande, que al enterarse de que “9” pasa su tiempo libre con chicos, elevaron los comentarios a los dirigentes. Finalmente fue el club el que les consiguió el nexo para hacer la venta del jugador al extranjero, a México exactamente.
Un dirigente de la comisión directiva de uno de uno de los clubes más importantes del país, lo único que pudo contarme es que, si un jugador se declara gay, el sponsor se retira del club, y si el jugador no consigue uno que iguale o supere la inversión que hizo esa empresa (marcas que todos conocemos), se queda en la calle. En otros clubes de primera tampoco lo aceptarían por la misma razón económica, me dijo. ¿Económica? Me pregunto. Esto nos lleva a pensar en cómo se genera el dinero de la publicidad, y qué pasaría si se viviera la sexualidad de otra manera.
Ayer imaginaba cómo sería el mundo dentro de quince años, después de la implementación del matrimonio igualitario. ¿Qué pasaría si la enorme cantidad de futbolistas gays se asumieran, y lo dijeran públicamente? ¿Qué estrategia tomarían los sponsors? ¿Qué repercusiones tendría en los fanáticos? Otro jugador, que no quiso hablar del tema, sabiendo que tiene un nombre de peso e influencia en los chicos y en el público en general, de condición sexual gay y tapado, por supuesto, me dijo: “Facu, yo represento a miles de hinchas. ¿Te imaginas la barra brava si se entera? Me sepultan… Yo cuando corro, en la cancha, pienso en la pelota, pero también en la hinchada, son ellos los que me alientan, son ellos los que garpan las entradas… no los puedo defraudar… Basta. Pasemos a otro tema, bah si te interesa…”.
Inmediatamente me vino a la cabeza las historias de mis amigos que estuvieron sexualmente con los capos de las barras bravas. “¿Y qué onda con las travestis?”, le pregunté. Como es sabido extraoficialmente, son el objeto sexual preferido de la mayoría de los jugadores. ¿Cómo se explica esto? Las travestis, para su imaginario son mujeres que los satisfacen sexualmente más y mejor que una mina. ¿Cómo? En la mayoría de los casos en la cama ocupan un rol pasivo, aunque después cuenten que se las cogieron, o directamente se llamen a silencio. Juro que no podía creer lo que vi en la puerta del baño de ese club de primera, cuando pasé por alli: “Me cogí al pelado de la entrada. Es re puto”.
Permanentemente hay un doble discurso en fútbol. Uno es el que se dice (de la boca para afuera), y el otro, el que circula implícitamente, el de los actos no asumidos y al que no le ponen palabras. El desafío y compromiso de la igualdad de dos hombres que se aman o satisfacen sexualmente en la cama crea competencia, más en un ambiente machista como el del fútbol, donde se proyecta en la intimidad la rivalidad del campo de juego, el querer mostrar sus habilidades que son mejores que las del otro, lo que nos muestra que en lo central de esto está el reconocimiento al “ser”.
Y ahí generalmente está el tema de la masculinidad. En esta alternativa de elección de objeto homosexual se estaría fallando, según los códigos establecidos, a los vínculos fraternales y de camaradería que se generan entre los compañeros del equipo, donde lo que prevalece es el amor. Muchas veces, en los equipos, los jugadores se mueven como si fuesen parejas, y que funcionan a la perfección, como en sueños, (quizás por el hecho, justamente, de no tener sexo). Quizás es eso lo que no se perdona: la infidelidad. Porque entre ellos está permitido el amor, y los signos que pueden demostrarlo, pero no su explicitación con palabras que lo nombren. Eso queda del lado, ubicándose en lo prohibido y no tolerado.
El toqueteo del cuerpo (sin límites) del otro jugador es un signo de amor que causa el deseo y genera excitación, pero lo que se reprime es que se sacie esa calentura en el cuerpo de otro hombre. Paradójicamente, tampoco ponen a disposición el suyo para su compañero. No asumir lo que a uno le pasa, y ni siquiera darse la posibilidad de pensarlo, tal como lo manifestaron varios jugadores que entrevisté para este informe, (uno incluso llegó a levantarse e irse del bar ante mis preguntas: “No. No. Yo no pienso nada. ¿Para eso me llamaste?”) es un signo de algo inconcluso, un tema a resolver. Estos encubrimientos y mentiras, en algunos casos, vuelven paranoicos a las personas, provocando trastornos en su rendimiento físico y profesional. Tampoco al equipo donde juegan, ya que la energía la direccionan en temas colaterales, persecutorios, que quieren ocultar, desviandola de las estrategias en las que tendrían que pensar para alcanzar sus metas de competición. Tampoco a las personas con las que se involucran les hacen bien estos ocultamientos. De esta manera se retroalimenta la frustración. No pueden estrechar vínculos verdaderos (por ejemplo al casarse con personas a las que engañan y usan como pantallas), ni a los chicos que enamoran negándoles la posibilidad de construir una relación verdadera, o estable.
Por otro lado, también tenemos los casos que uno podría encontrar en la Iglesia o en el Ejército. Un ex entrenador de las inferiores de SLS, que lo conoce todo el mundo, me contaba que tuvo un compañero que se encargaba de probar a los pibitos que querían entrar al club. Él seleccionaba a los que le gustaban: los más machitos, viriles, incluso le despertaba el morbo los chicos que tenían novia, y que, por supuesto, tenían serias necesidades económicas. Con un discurso de “vos sos mi elegido y yo te voy a llevar lejos”, los inducía a que hicieran lo que él les pedía. “Porque acá las cosas son así, o sino te volvés a la villa y no salís más de ahí”, les decía a los pibitos. Después se los empomaba uno a uno, llegando a crear un verdadero séquito de secuaces que se peleaban por ser el preferido del profe frente a los demás. Todos veían lo que hacía éste tipo, todo el club lo sabía, pero nadie decía nada. Esta es una situación opuesta a la que veníamos indagando, pero las dos tienen algo en común: “Pero de eso no se habla”.
Un chico que fue, por recomendación de otra persona con peso político, a probarse a un club de segunda división, me contó que al enterarse el DT de que él era gay asumido, le dijeron directamente que no querían tener problemas con los demás jugadores, que no lo iban a aceptar, y que era mejor que se buscara otro oficio, que en todos los clubes le iban a decir lo mismo, porque el tema ya se había desparramado. Este chico podría haber sido exitoso por sus habilidades deportivas, y probablemente hubiese logrado vivir del fútbol. Pero, un dispositivo de poder perverso, le restringió el acceso al desarrollo de su potencial y lo obligó a seguir la tradición de sus orígenes familiares, no le quedaba otra alternativa. La entrevista se la hice en su lugar de trabajo: la cocina de un restaurante donde lava las copas y limpia los baños.
Otro jugador, que después de estar en la reserva tuvo la posibilidad de jugar partidos en primera división de V, ya retirado y casado, me develaba su hipótesis: “Para mí los jugadores de fútbol, los deportistas de verdad es que nosotros somos gente que estamos más allá, que tenemos un destino marcado en la vida y lo encontramos. Como un escritor, un pintor, o un artista. Estamos para correr los límites, no solo para atajar o patear la pelota, y necesitamos que los límites estén siempre un poco más allá. Y cuando los alcanzamos los tenemos que destrozar. Bueno, si la gente del poder entendería esto, todo sería distinto, más fácil… ¿viste que ahora se está hablando de dejar de concentrar en grupo para que cada uno concentre como mejor le salga: en su casa, con su familia, con los compañeros si quiere, mirando la tele, que sé yo, cada uno tiene necesidades distintas… bueno, si éstos tipos entendieran de una vez por todas la libertad, y la libertad sexual, estas cosas no pasarían, y… ¡Sabés cuanto se beneficiaría el fútbol, pibe!”.